jueves, 31 de mayo de 2012

Everything burns


Siempre se ha dicho que el fuego purifica, al menos eso se cree desde los albores del mundo. Lo arrasa todo a su paso y tras el, queda solo una gran nada. Suena egoísta pero a veces, ayuda ver que tu mundo no es el único que arde. Cuando eso pasa simplemente  me gusta sentarme a ver las llamas. Algo a lo que para bien o para mal me acabe acostumbrando desde siempre.

Desde que tengo uso de razón  me gustaron los puzzles, quién me llegaría a decir que después de tanto tiempo esta habilidad me ayudaría a encajar los pedazos de mi tantas veces roto corazón. Lo más extraño de todo es que creía que no encontraría jamás un rompecabezas mayor que el mío. Es extraño, pero realmente existía, era real y no sólo era mayor sino que además parecía resolverse con mayor facilidad.

 No lo pudo evitar y me preguntó  el porqué de aquella velocidad por acabar, a lo que simplemente le dije que el truco consistía en sonreír aunque no se tuviese ganas y encajar los pedazos de la forma que los demás esperaban que lo hicieses, de esa manera, así todo va más rápido y evitas futuras reconstrucciones, aunque nunca estas del todo a salvo.

Me encantaba la sonrisa de su cara mientras me miraba, además de aquellos ojos que buscaban algo más, quizá una curva en mis labios que le devolviese el gesto. Mientras resolvíamos su parte del puzzle le pregunté  como había conseguido esa facilidad que parecía tener para resolverlo todo. Aún tengo el eco de esa respuesta resonando en mis oídos: “Aprendí simplemente a no esperar nada de los demás, pese a sus continuas exigencias, a sentirme vacío, a acostumbrarme al frío.”


Hoy he pasado el día con Nathan Scott, un mártir.

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