Siempre se ha dicho que el fuego purifica, al menos eso se
cree desde los albores del mundo. Lo arrasa todo a su paso y tras el, queda
solo una gran nada. Suena egoísta pero a veces, ayuda ver que tu mundo no es el
único que arde. Cuando eso pasa simplemente
me gusta sentarme a ver las llamas. Algo a lo que para bien o para mal
me acabe acostumbrando desde siempre.
Desde que tengo uso de razón me gustaron los puzzles, quién me llegaría a
decir que después de tanto tiempo esta habilidad me ayudaría a encajar los
pedazos de mi tantas veces roto corazón. Lo más extraño de todo es que creía
que no encontraría jamás un rompecabezas mayor que el mío. Es extraño, pero realmente existía,
era real y no sólo era mayor sino que además parecía resolverse con mayor
facilidad.
No lo pudo evitar y me
preguntó el porqué de aquella velocidad por
acabar, a lo que simplemente le dije que el truco consistía en sonreír
aunque no se tuviese ganas y encajar los pedazos de la forma que los demás
esperaban que lo hicieses, de esa
manera, así todo va más rápido y evitas futuras reconstrucciones, aunque nunca
estas del todo a salvo.
Me encantaba la sonrisa de su cara mientras me miraba, además
de aquellos ojos que buscaban algo más, quizá una curva en mis labios que le
devolviese el gesto. Mientras resolvíamos su parte del puzzle le pregunté como había conseguido esa facilidad que parecía
tener para resolverlo todo. Aún tengo el eco de esa respuesta resonando en mis
oídos: “Aprendí simplemente a no esperar nada de los demás, pese a sus continuas
exigencias, a sentirme vacío, a acostumbrarme al frío.”
Hoy he pasado el día con Nathan Scott, un mártir.